Dentro del ejercicio que hacemos como Doulas en la Tradición en la Fundación Partera de Vidas , compartimos nuestras experiencias y sentires en el acompañamiento de la mujeres que llegan a nosotras. Hablamos, mambeamos la palabra y construimos a  partir de ella. Maternar es un verbo que hemos estado trabajando, sintiendo desde nosotras mismas, viviéndolo en nuestra carne, mambeandolo, y finalmente expresándolo en nuestro sentir, cada una desde su propia experiencia.

 El verbo maternar proviene de la palabra maternidad, pero bajo nuestro punto de vista, no constituye una acción exclusiva del género femenino.

Maternar es cuidar desde el amor, desde la capacidad de establecer vínculos afectivos, emocionales y energéticos con nuestro objeto a maternar: llámese hijo, familia, trabajo, proyecto o incluso uno mismo. Vincularse desde el amor, es establecer relaciones desde los acuerdos y los límites. Es ir mas allá del cumplir con unas rutinas básicas de cuidado. Es ir mas allá de simplemente regar la planta: es cultivar una relación, generar un vínculo, establecer un lazo. Pero aunque maternar no es una acción exclusivamente de la mujer, si está poderosamente cargada con la energía femenina del sostenimiento continuado y persistente en el tiempo.

Cuando mi hijo mayor nació, algo muy profundo cambió dentro de mi. Las ideas reconcebidas sobre lo que era ser madre, se desdibujaron para dar paso al instinto materno. Mi cuerpo se abrió en amor para sostener y acompañar a ese ser maravilloso que acababa de arribar a este mundo, y quise darle todo de mi. Fueron mis primeros acercamientos a la acción de maternar. Mas allá de proveerle comida a mi chiquito, estaba segura de establecer un vínculo con él. Quería a toda costa cambiar mi historia familiar. Quería ser la madre que no tuve. No tuve problemas para amamantar, no tuve depresión posparto, no me enfermé de ninguna manera. Mi mente racional se apagó unos meses y dio paso sólo al sentir, y en ese sentir, en ese instinto me quedé como pausada en el tiempo, casi dos años, cuando de pronto desperté y me dí cuenta que no me había maternado a mi misma.

Me deprimí, me asusté. Tanta responsabilidad me abrumó. No sabía que hacer y lloraba porque no me sentía realizada como ser humano en mi papel de sólo ser madre. Desconocía a la mujer que entonces se veía en el espejo, y no veía rastro alguna de la guerrera de antes. Con el tiempo y el embarazo de mi segundo hijo aprendí que fue una transformación necesaria: ya no era sólo guerrera, ya no era soló madre, ya no era sólo compañera, ya no era sólo hija, ahora soy todas. Comprendí la fuerza de la mujer. Comprendí que en una mujer habitan muchas mujeres, y todas habitan en armonía, pues cada una tiene su momento y su sabiduría. Comprendí que para maternar a otros debía maternarme a mi misma, establecer los vínculos con mis mujeres interiores: escucharlas, comprenderlas, apoyarlas y amarlas.

Desde mi propia diversidad logré empezar a entender la diversidad interior de mis hijos, la diversidad de mi madre, de mi compañero y de mi hermano. En este camino estoy empezando a trasladar la acción de maternar a mi familia de origen, limpiando los vínculos para hacerlos más fuertes, alimentando las relaciones a pesar de las distancias. Tratando de eliminar los juicios, aunque a veces sea difícil. Tratando de sentir a mi madre y a mi hermano directo en el corazón, sin mas historias de por medio. Tuve que pasar por la experiencia de la familia que creé con mi compañero, por aprender a relacionarme con mis hijos, mi esposo y conmigo misma, para empezar a reconstruir las relaciones y los vínculos con mi mamá, mi papá y mi hermano. Puedo ver ahora como el movimiento de mi aprendizaje y forma de relacionarme es circular, es cómo una espiral.

Salgo del origen y vuelvo a él, pero en momentos diferentes.

Cada vez entiendo y siento más  esa energía femenina atemporal que vibra dentro mio, enseñándome desde mis propios ciclos que la vida no es una línea recta, que la vida lo es todo y es uno. Que mi primer objeto a maternar soy yo!

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